Tal vez te ha ocurrido a ti, o lo has escuchado en alguna persona cercana. En alguna ocasión has fantaseado con un retiro temporal en un lugar tranquilo, para desconectar de la cantidad de informacion, tareas y del apremio del tiempo del reloj y de la agenda. Intuyes que esa retirada es la que te permitiría reconectar con otro modo de vivir el tiempo, más pausado, más en contacto y con mayor apertura para conocer a las personas que tenemos cerca, conversar, saber qué les pasa, expresar lo que nos preocupa, lo que nos gusta, compartir anhelos, inseguridades, dudas, reflexionas… un tiempo que otorgue la oportunidad de un encuentro humano y el disfrute de la naturaleza que nos rodea y nos ampara.

Así es; es en las pausas y los descansos cuando podemos recuperarnos, integrar las experiencias y seguir creciendo. 

Sin embargo, tal vez es tu caso, o hay alguien cerca, que para bajar revoluciones, y encontrar espacios de calma, necesita no sólo un retiro a un lugar tranquilo, no sólo la naturaleza como escenario; necesita también de la soledad.

Hay vidas, o momentos en la vida en los que se vive la soledad como un refugio. A diferencia de lo que veíamos en el artículo El miedo a la Soledad,  en esta ocasión la experiencia se busca de un modo deseado. Puede que se experimente un cierto vacío, incluso la mordida del temor o la incerteza, pero es más intensa la sensación de un alivio inesperado. 

La soledad no aparece, sino que se va construyendo como quién construye su casa, su Morada. Sin embargo, hay quién olvida cultivar el camino de ida y vuelta al nuevo hogar, dejando que se construya una muralla entre el mundo interior y exterior.

Vivimos en una sociedad individualista; el marco socioeconómico en el que vivimos requiere que para salir adelante poseamos ciertos atributos personales: la motivación, la fuerza y el esfuerzo, la competitividad, la ambición, la resiliencia… ser capaz de hacerse a una misma, de ser nuestra mejor versión, de reponerse de las heridas, de mirar hacia delante, de emprender, de vivir de manera autónoma, sin precisar ayudas externas. A nadie le extrañará que una persona decida vivir en soledad, que sus decisiones le vayan impidiendo crear vínculos de intimidad,  relaciones de apoyo mutuo, o trabajo en equipo. 

En situaciones así, es sutil la línea que separa la soledad del aislamiento; es fina la línea entre la morada y la fortaleza; puede ser imperceptible el paso de la fortaleza a la prisión. De querer estar dentro,  se puede desarrollar una dificultad para estar fuera.

En caso de que ocurra en primera persona, por nosotras mismas no vamos a percibir un problema, puesto que el alivio de no exponerse a las relaciones y al mundo nos produce bienestar. Y por otro lado, será difícil que percibamos la dificultad en otra persona ya que en una sociedad que promueve y necesita de la autonomía individual de su ciudadanía, nadie reparará que ese aislamiento en apariencia elegido, esconde un dolor pasado que se refleja en una sensación de amenaza hacia el mundo.

La evidencia científica y empírica nos presenta nuevos modos en los que los traumas nos afectan, y las consecuencias que desarrollan. En ocasiones, el trauma no es un suceso puntual, que podemos identificar, que supera nuestra capacidad de adaptación y que marca un antes y un después en nuestras vidas. Hay heridas provocadas en las relaciones cotidianas y en la normalidad de situaciones de  injusticia, como la desigualdad o la exposición a la violencia. Los que producen las secuelas más graves son aquellos ocurridos en la infancia, con nuestras figuras de afecto y de apego; aquellas heridas invisibles que nos infligieron quienes debían cuidarnos y en los lugares en los que crecíamos, o aquellas por las que vimos sufrir a quienes tanto amamos.

En ocasiones, si no se detecta, si se pasa por alto, si se mira hacia otro lado, si no hay una respuesta sensible que restablezca la seguridad, se puede quebrar la confianza básica en los demás y en el mundo. Al no poder defenderse de la situación traumática, la única salida es la adaptación. El síntoma de la evitación se transforma en un rasgo, en una tendencia al aislamiento y la soledad, formando parte de la propia identidad y de las decisiones que se toman en la vida. 

En estos casos, la ayuda psicológica especializada y sensible puede resultar muy útil para narrar la historia de vida, investirla de un sentido, tomar conciencia, atravesar en compañía la noche oscura del alma, y cortar el hilo que une el pasado con el presente. Se trata de poder vivir con la certeza de que lo peor ya ocurrió aunque lo sintamos presente como una realidad de la que hemos de huir o en la que no podemos permanecer.

Si al leer esto te resuena, conectas con algún experiencia, sientes que puede ocurrirte a ti o conoces a alguien a quién adoras pero te cuesta mucho relacionarte, no te voy a engañar; el proceso terapéutico puede ser largo porque se basa en reconstruir una relación de confianza, reparando un daño invisibilizado. Tampoco te engaño si te digo que merece la pena; porque a veces el daño es importante y tener una mano tendida para abrir la puerta y salir a explorar el mundo y su complejidad, puede ser muy reparador, como punto de partida. 

Siempre tendrás esa Morada, tu lugar seguro creado y elegido; se trata de que no se convierta en tu prisión. Se trata de restablecer el derecho a habitar el mundo, a participar, y a la convivencia. Se trata de sanar la voluntad, y desde un punto de clara conciencia, nutrir y nutrirse de relaciones, tal vez más pausadas y sencillas, pero más auténticas, sensibles y respetuosas.

Resumen de privacidad

Esta web utiliza cookies para que podamos ofrecerte la mejor experiencia de usuario posible. La información de las cookies se almacena en tu navegador y realiza funciones tales como reconocerte cuando vuelves a nuestra web o ayudar a nuestro equipo a comprender qué secciones de la web encuentras más interesantes y útiles.