A lo largo de mi carrera profesional he trabajado en entornos donde la salud mental, la justicia y la realidad social se entrecruzan. Mi experiencia se ha desarrollado en entidades del tercer sector, acompañando a personas diagnosticadas con trastornos mentales graves, muchas de ellas judicializadas y privadas de libertad. He trabajado en Centros de Enfermedad Mental (CEEM), módulos de enfermería en prisiones y hospitales psiquiátricos penitenciarios.
Actualmente, parte de mi labor se centra en un Albergue de Acogida Temporal para personas sin hogar. La mayoría están cumpliendo condenas no privativas de libertad, disfrutando de permisos o en libertad sin un proyecto claro que les ofrezca oportunidades de futuro.
- Este tipo de trabajo me ha permitido observar la violencia en sus diferentes formas:
- La violencia que nos infligimos a nosotros mismos, como resultado de heridas no sanadas.
- La violencia en nuestras relaciones, cuando tratamos de moldearlas según nuestros deseos.
- La violencia estructural, silenciosa pero profunda, que deja a los más vulnerables en desventaja frente a la sociedad.
En mi consulta privada, donde llevo más de 10 años ofreciendo acompañamiento psicoterapéutico con una visión clínica y somatopsíquica, también me encuentro con estas violencias. Con frecuencia, quienes vienen a verme hablan de estrés, conflictos en el trabajo o problemas en sus relaciones. Pero al profundizar, muchas veces lo que aparece detrás es una situación de violencia mantenida en el tiempo, ante la cual la persona ha desarrollado mecanismos de adaptación más que de afrontamiento.
En estos casos, la psicoterapia es necesaria, pero no suficiente. Escuchar con atención, validar la experiencia y ofrecer información y recursos adecuados son pasos esenciales. Poder derivar hacia asociaciones, grupos de ayuda mutua, servicios sociales, sindicatos o profesionales especializados amplía la red de apoyo y fortalece el capital social de la persona.
El proceso terapéutico se convierte entonces en un espacio seguro, donde se puede reparar la confianza, reconocer las violencias cotidianas y comenzar a construir una salida. Este umbral, aunque lleno de retos, abre la puerta hacia el crecimiento personal y la esperanza.