Recuerdo la primera vez que acudí a una clase de Yoga. Fue mi primer contacto con los movimientos que ayudan a estirar y fortalecer músculos, movilizar articulaciones y liberar ligamentos. Aquellas clases duraban dos horas, una vez a la semana, y la última media hora la dedicábamos a meditar.
En ese espacio aprendí a percibir mi cuerpo, a sentir lo que sentía, a observar mis pensamientos desde la quietud y la serenidad. Poco a poco fui descubriendo cómo no reaccionar de forma inmediata ante mis emociones, a no confundir mis pensamientos con la realidad, a reconciliarme con mis sensaciones y a explorar nuevas capacidades físicas. En definitiva, a entrenar mi atención y desarrollar mi conciencia.
Hoy, siempre que puedo, mantengo alguna práctica física que incluya unos minutos finales de meditación o relajación activa, ya sea Yoga, Pilates o incluso baile.
Cuando alguien acude a mi consulta y me comenta que ha encontrado un espacio en el que puede conectarse consigo mismo desde la quietud y la plena atención, sé que ya hemos recorrido buena parte del camino terapéutico. No importa si son solo cinco minutos tras una clase de danza, un entrenamiento funcional o una salida en bicicleta.
Ese instante en el que cerramos los ojos, sentimos la respiración, dejamos pasar los pensamientos y reconocemos las emociones sin reaccionar, nos permite sostener el estrés, el conflicto, la incertidumbre o la confusión.
Al igual que una vela encendida, hasta la más pequeña, puede iluminar y sostener la oscuridad.