Hace unos meses, sentí la necesidad de detenerme y escuchar. La vida profesional como psicóloga me lleva a menudo a acompañar procesos de dolor, reparación y búsqueda de sentido, pero también a preguntarme por mis propias vivencias y aprendizajes. Con esa disposición, el pasado 2 de marzo participé en un encuentro muy especial organizado por el Laboratorio de Justicia Restaurativa de la UPV/EHU, dentro del Grupo de Trabajo e Investigación sobre Victimización Institucional-Organizacional.
Allí compartimos un espacio profundamente humano, donde hablamos de cómo la victimización no solo impacta la salud mental, sino que brota de daños y violencias que a veces no se nombran, que pueden ser o no delitos, que se denuncian o quedan en silencio. Y comprendimos que esas experiencias rara vez son simples “accidentes” o “casos aislados”: suelen revelar una violencia estructural que requiere también respuestas estructurales. Porque la salud mental es una responsabilidad común. También lo es la justicia.
En el encuentro, profesionales de distintas disciplinas —psicología, derecho, filosofía, criminología, trabajo social, educación social, algunas también con la experiencia propia de ser víctimas-supervivientes— para trabajar sobre los llamados “términos umbral”: palabras capaces de abrir puertas a nuevas realidades.
Reflexionamos sobre significados, dilemas éticos y nuevas formas de mirar el mundo. Como señala el Glosario de Términos Umbral que nació de estas jornadas, citando a Virginia Woolf: “Las palabras odian ser útiles; odian ganar dinero; odian que se las cite en público. En suma, odian todo aquello que las fije en un solo significado o las confine a una única actitud, pues su naturaleza es cambiar… Es porque la verdad que intentan atrapar tiene múltiples facetas, y ellas la transmiten siendo a su vez multiformes, destellando en una dirección y luego en otra. Así, significan una cosa para una persona y otra cosa para otra; son incomprensibles para una generación y tan claras como el agua para la siguiente… “
La jornada terminó con un regalo simbólico de Gema Varona, directora del proyecto: una artesanal Hoja en Blanco. Desde entonces, esta imagen me acompaña. Me evoca la esencia de los procesos de sanación y reparación: enfrentarse a lo inenarrable, dar tiempo a que aparezcan las palabras, aceptar que algunas realidades ya existían antes de poder nombrarlas. La hoja en blanco es una oportunidad de futuro, pero también un desafío que despierta miedos e incertidumbre.
Por eso, antes de escribirla, es tan valioso contar con buena compañía: terapéutica, psicoterapéutica, o simplemente humana. Alguien que pueda alumbrar y guiar el camino, para descubrir que nunca estamos realmente solas. Porque hay muchas hojas en blanco escribiéndose al mismo tiempo, historias que esperan ser contadas y, sobre todo, escuchadas.
Y tú, te invito a mirar tu propia hoja en blanco. Quizá haya una historia que desea ser escrita. No tengas miedo de buscar apoyo y de dejarte acompañar. Cada palabra que nace es un paso hacia la sanación y hacia ese futuro que todavía podemos construir juntas.
PARA SABER MÁS, te dejo el acceso a los enlaces en el texto: